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Autoridad y subdesarrollo

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Nuestro sentido de la autoridad a veces constituye una concepción muy vaga de superioridad entre unos y otros, que no siempre viene influida por el respeto, de modo que queda escasamente clara la percepción del sentido de acatamiento de un orden mínimo de las cosas. A nivel filosófico, ese sentido de autoridad radica en la necesidad de imponer algún orden elemental en varios ámbitos de la vida, en donde se requiere de instrucciones impuestas de unos sobre otros con el propósito de proveer una relación de jerarquía que emana de la necesidad de establecer reglas y regulaciones de conducta en pro de los intereses colectivos que a todos nos incumben, a manera de que los sujetos puedan interactuar unos con otros, pero conservando el sentido del orden, y sin que se lesionen entre sí. Ese orden requiere que unas personas lo impongan sobre otras, en pro del beneficio colectivo que a todos nos debiere interesar. La meta de todo ello radica en aplacar nuestro instinto animal de autosatisfacción en cuyo ejercicio se suele descomponer el entorno.

Cuando no hay autoridad no hay orden. En muy raras ocasiones puede haber un relativo orden sin necesidad de una fuerte presencia de autoridad, pero ello solamente ocurre en una colectividad con sólida formación de valores y principios que influyen en una conducta civil inspirada por el orden espontáneo, léase, países realmente cultos, sin embargo, ello ocurre bien pocas veces, ya que el instinto animal de autosatisfacción del individuo lo convierte en un egocentrista que basa su supervivencia en el sentido instintivo de saciar sus necesidades personales, pero sin tomar en cuenta el entorno. Es por ello que siempre debe haber no solo autoridad, sino también un sentido lógico de ella, y una población que realmente entienda el rol de unos y el de los otros.

Evidentemente hay países más cultos que otros, y por ende el sentido de autoridad es relativo, según se trate de una colectividad u otra.

Es por ello que cuando la autoridad no infunde orden y la población no la reconoce como tal, es un síntoma de países subdesarrollados, donde a pesar de estar en pleno siglo veintiuno, todavía prevalece el instinto animal y cavernario de autosatisfacción individual. Mucho ojo: las posesiones materiales y los bienes suntuosos no tienen nada que ver con el grado de cultura del individuo, y por ende el instinto animal y cavernario de autosatisfacción prevalece, incluso con mayor énfasis, en individuos que acumulan grandes fortunas de manera insaciable, dado que ello implica vanidad, y la vanidad es precisamente un reflejo del instinto animal de autosatisfacción individual, pero llevada al extremo, especialmente en países subdesarrollados en los cuales la gran acumulación de capitales casi siempre viene salpicada de falta de orden, dado que el orden de las cosas es afanosamente roto por los individuos en su afán de satisfacerse individualmente al extremo. Nuestra conciencia del entorno es la que da el sentido de autoridad, y de ese sentido de autoridad depende el grado de evolución del individuo.