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El circo de la perversión

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Esta columna la estoy haciendo bajo el influjo de la sátira que constituyen las dependencias del Estado, en el cual suelen anidar algunos vividores cuyo estilo de vida es vergonzoso.  Solo tomemos un patrón de conducta que ha ido madurando a través del tiempo: En nuestro medio, un partido político en realidad es una red de intereses que parte de un financista fuerte que desea generar una cuantiosa ganancia en el futuro.

Podemos tomar como ejemplo el partido político UNE y su relación con el negocio monopólico del fertilizante, o el  negocio de la telefonía en la administración PAN. En tales casos, hubo una creación de un partido liderado inicialmente por un dueño (los partidos tienen dueño, esa es la realidad), y luego ese dueño amarra inmediatamente su partido político a un financista principal. En ese momento se transforman en socios. Luego de ello, se forma un cerco preliminar de gente de confianza de los socios fundadores que buscan atraer a otros financistas.

Luego, de esa gente de confianza salen los candidatos a diputados, quienes a su vez apadrinan a sus allegados como candidatos a alcaldes, de modo que en la pirámide superior están los socios fundadores, en cuyo caso el dueño inicial, en algunas ocasiones, podría ser el mismo candidato presidencial.

En cuestión de tiempo, la mitad de estos debutantes podrían declinar, dado que los partidos contendientes suelen también asociarse con la administración pública de turno, pues habría un intercambio, el cual constituye una ayuda para los que entrarían, y la garantía de que estos minimicen la persecución legal por la usual malversación de fondos públicos de los otros.

No todos los empleados públicos son malos, ni tampoco todos los de fuera son buenos, como las grandes empresas, que crecen a costa de favores de las autoridades. Renovar cuadros en la formación de las generaciones futuras es indispensable.