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¿Conversar o dialogar?

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En todo momento de nuestras vidas tenemos conversaciones con todas las personas que nos rodean, ya sea para saludar, agradecer, dar instrucciones o interesarse por alguien o algo.

El lenguaje y las palabras son siempre los mismos, pero no así el modo en que se dicen, y de ahí el dicho que reza “no es lo que se dice, sino como se dice”. Esto se refiere a que todo lenguaje o expresión verbal tiene una corporalidad, es decir, que al expresarnos también se habla con el cuerpo, y este afirma o niega lo que decimos.

¿Alguna vez usted ha escuchado algo y no lo ha creído?, ¿La actitud corporal y la expresión de la cara afirman lo que está escuchando? O, ¿el cuerpo y la cara lo están negando?

Le invito a reflexionar sobre este punto, ya que es importante, porque cuando su cuerpo afirma lo que está diciendo, usted está siendo creíble para las personas que lo están escuchando, y este es uno de los pilares fundamentales para generar confianza ante los demás.

En el mayor de los casos, en nuestras conversaciones más importantes, cuando actuamos como padres ante nuestra pareja e hijos, y como profesores con nuestros alumnos; crear un clima de confianza es la mejor manera de tener un diálogo.

¿Cuál es la diferencia entre conversar o dialogar?

Augusto Cury, escritor del libro “Padres brillantes, maestros fascinantes”, afirma que cuando “conversamos” con nuestros hijos o alumnos, hablamos sobre el mundo que nos rodea, mientras que “dialogar” es hablar sobre el mundo que somos y mostrarnos tal cual.

Cuando queremos educar, guiar o acompañar a nuestros hijos o alumnos, el habito del dialogo es  una buena manera de mostrarles el camino, y sugiero hacerlo mostrándonos como las personas y seres humanos que somos, con nuestros fracasos y triunfos, caídas y levantadas, errores y aciertos; y verán en nosotros a las personas que están siendo ellos mismos, y que todos hemos pasado por lo mismo. Démosles la libertad para que puedan hablar de sí mismos, de sus preocupaciones y de las dificultades de relación con otras personas y con nosotros, sus padres o maestros.

En un diálogo con nuestros hijos o alumnos, lo mejor que les podemos ofrecer es escucharlos con atención, afirmando con nuestro lenguaje y cuerpo que nos interesa lo que dicen, y que los entendemos y aceptamos en su forma de ser y pensar, aunque no estemos de acuerdo, pero para empezar a dialogar, debemos lograr primero que confíen  en nosotros.

Cuando logremos por medio del diálogo crear la confianza en el ambiente, ellos empezarán a admirarnos, respetarnos y escucharnos, y podremos acompañarlos y guiarlos de una mejor manera, para tratar de tener una vida buena.