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El baluarte

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Hay que dedicarle tiempo a las personas valientes y sencillas, cuyo temple constituye el baluarte de principios y valores indisolubles que son la esperanza del mundo, no solo de un país, sino de la humanidad entera. Esa esperanza que conforma la última línea de defensa de los intereses más nobles, delante de los atropellos que  provienen de las ambiciones injustas, de la gula, de la indecencia y de la pereza que suele germinar en las almas débiles.

Esas almas débiles que al momento de tener un pequeño acceso a cualquier tipo de poder carecen de las fuerzas para dominar sus impulsos, y su ímpetu depredador, y que al tener cierto don de mando se embriagan y prostituyen para anteponer los intereses personales y particulares por encima de los intereses de los demás.

La debilidad nos puede hacer sucumbir ante la tentación egocentrista, dado que manejar el poder es más difícil que acceder a él, ya que solemos no ver más allá de nuestros satisfactores personales, y la debilidad hace que caigamos en el impulso casi animal de depredar cuanta cosa nos guste.

Dinero, placer, sexo, vanidad, gula, y todos los males que por instinto constituyen nuestra elección interna entre el bien y el mal, configuran el libre albedrío, el que visto a gran escala conduce las riendas del mundo, y lo que la colectividad suele valorar como correcto o incorrecto.

En tal sentido, al sucumbir ante los placeres y la codicia, se demuestra precisamente la debilidad del ser humano y su naturaleza instintiva, lo cual configura nuestra debilidad del alma al momento de tomar la elección incorrecta, la más fácil, la inmoral y la ilegal.

La corrosión social es germinada por las almas débiles que no pueden controlar su parte obscura, y se dejan llevar por los ímpetus depredadores, comenzando incluso desde la mendicidad en su círculo social, al suplicar por espacios y posiciones, tal y como lo vemos en la sucia política, o en el entretejido social de las relaciones personales, prostituidas por el simple interés. La mentira y la prostitución suelen ser el denominador común del alma débil.

Esa corrosión social que degrada el entorno, es la mejor prueba de, por ejemplo, la razón de ser de los Diez mandamientos, los cuales en la historia universal de la ciencia del Derecho, constituyen una de las primeras leyes terrenales para el ser humano. De ese momento hasta nuestros días ha pasado muchísimo tiempo, y el ser humano sigue teniendo la misma elección entre el bien y el mal, y solo el alma fuerte se sujeta al bien por motivaciones morales internas que superan la gula.

El camino correcto siempre será el más difícil, pero con tremendas recompensas al final, dado que para el justo la dignidad es igual de narcotizante como el oro lo es para el injusto.