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Fusilar una mujer al estilo Arzú

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Jorge Ubico ha sido el único presidente de Guatemala –hasta la fecha–, quien ordenó fusilar a una mujer. Este hecho lamentable aconteció en 1942, luego de que Ubico se reeligiera por tercera vez, a pesar de tener prohibición constitucional. La mujer que condenó, porque él le negó el indulto, se llamaba Mauricia Hernández Urbina. Ella fue víctima del sistema patriarcal de justicia y de la violencia sistemática que su marido le propinó durante más de diez años.

En este caso se agotaron todas las instancias del debido proceso. Sin embargo, al pasar de los años, tenemos la certeza que tuvo evidentes vicios legales y la justicia fue manipulada –por el mismo presidente– para someter a la población, particularmente a las mujeres, al miedo social. Comprendemos que la violencia es el recurso que tienen los gobernantes que le han hecho daño a la humanidad; allí está Hitler, Stalin, Estrada Cabrera y otros tantos, quienes con sus actos barbáricos destruyeron la dignidad de la población que los sufrió. Entonces, legitimar la memoria de estos gobernantes es perpetuar el terror o, ¿acaso los alemanes tienen una calle que se llame Hitler?

Mauricia Hernández fue acusada de envenenar con un herbicida a su marido, en el hecho le ayudó su yerno. Por lo que se puede interpretar que los miembros de la familia resentían los golpes que el padre les daba. Un dato significativo en el proceso es que la capturaron y la hicieron declarar a porrazos, método propio de sagaces investigadores.  Ella –en esa declaración– afirmó que su esposo tenía más de diez años de golpearla todos los días. Nada justifica quitarle la vida a otra persona, pero la defensa debió proponerlo como un atenuante ante la situación desesperada de una mujer que sufría maltrato físico y emocional.

Desde la perspectiva de la justicia actual, todos los derechos fundamentales de Mauricia se violentaron. Recordemos que en aquellos años la administración del derecho era regida exclusivamente por hombres, por lo cual se ensañaron contra esta mujer. Además, podemos deducir que Ubico le ordenó al juez que la condenara, porque le convenía para mantener el terror en la población.

En nuestro tiempo, el acalde Arzú le puso el nombre Jorge Ubico a un paso a desnivel de la ciudad, ¿qué sentido tiene para la memoria de un pueblo recordar a sus peores gobernantes? Hoy no me vengan con el cuento de tontos que “en los tiempos de Ubico se podía caminar por las calles…”, como que ese fuese el logro más significativo de un presidente. Otros dicen que hizo obra, ese es otro argumento superficial, porque la infraestructura de un país la pagan los ciudadanos con sus impuestos, no los gobernantes de sus bolsillos. Es más, muchos presidentes se han enriquecido de forma ilícita al estar en la posición de poder; allí están los últimos mandatarios del país siendo investigados o el condenado confeso de Portillo. Así que cualquier persona que me venga en su defensa, es otro personaje igual que Arzú, quien presuponemos que al fusilar mujeres –al estilo de Ubico–,  tiene un recurso para someter a la población y que viva la ciudadanía la paz del mármol en la lápida. Porque hombres ya fusiló o se les olvida que fue en el gobierno de Arzú que se ejecutaron a plomazos a unos delincuentes en septiembre de 1996.