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La geopolítica de la comida chatarra

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En estos tiempos tan agitados donde todo urge y además, debe satisfacer nuestros deseos —por lo general— banales, nos debemos cuestionar, como poblaciones urbanas de clase media, sobre la extravagancia de esta vida moderna.

La explicación para este estilo de vida es sencilla, el principio lo rige la fórmula del dinero en el tiempo. La lógica del capital nos ha convertido en engranajes de una maquinaria de productividad, a veces, irracional. Además, el factor de “obsolescencia programada”, impulsa de forma exponencial las ventas. En consecuencia, CONSUMIR cualquier cosa es el placer inmediato de esta vida tan agitada. Se trabaja para consumir.

Rara vez una persona se detiene a meditar en los objetivos de su vida. Estos lineamientos de subsistencia están dados como un conjunto de reglas que se deben obedecer. Aunque en apariencia, el régimen, desde los modelos democrático de occidente, da la opción de “tu libertad”, la misma esta condicionada por las reglas básicas del sistema. La primera norma fundamental es que no se debe cuestionar el modelo post industrial. Se debe aprender  a articularse de forma satisfactoria al régimen para ser una persona de “éxito”.

Para lograr este “éxito” se corre con desesperación en la autopista, en el gimnasio, en el trabajo; además, se hace polvo al prójimo, es decir, engañar y mentir para obtener un beneficio,  y por último, se atraganta de cualquier porquería que llamen alimento. Allí tiene los restaurantes de comida rápida a sus órdenes, con una llamada y en treinta minutos se satisface su hambre. En principio, esto parece adecuado, porque para eso se trabaja al final de cuentas.

Lo terrible del sistema es que hace creer, desde la comunicación de masas, como la prensa o la propaganda, que así debe ser. “¡Compre y consuma, porque así será feliz!” Un eslogan entre líneas de toda la publicidad.  Este modelo perverso tiene, como todo proceso en la realidad, un punto de quiebre, su crisis final. Esta crisis está determinada por el colapso en la ecología. Para explicarlo con claridad, el ambiente no tiene fronteras políticas ni cree en la banalidad de los gobernantes o la ambición de las grandes empresas transnacionales.

Entonces, la trasnacional Monsanto de alimentos transgénicos, con sus aparatos de violencia, o la Comisión Federal de Alimentos de EE. UU. podrán emitir sus comunicados e incluso, marcar el planisferio con rayas imaginarias y exponer hasta acá llega tal o cual país o ésta es mi zona de cultivos, para tener un mayor margen de ganancias. Estas acciones administrativas las realizan como si fuesen una garantía absoluta para el futuro de la humanidad. En su lógica de producción estabulan millones de vacas o siembran miles de millones de hectáreas con un monocultivo, un maíz transgénico, para producir el jarabe base de los alimentos que usa la comida chatarra que usted, querido lector, consume para mantener su agitado estilo de vida.

Pero tengo algo dramático que compartirle, ante la irracionalidad del consumo exacerbado, la naturaleza responde  y se adapta ante los evidentes cambios climáticos. El efecto invernadero por la emisión de gases debido a la quema del combustible fósil o el estiércol de ganado es evidente, y el ambiente crea una reacción para enfriar el planeta. Para mantener el equilibrio en la vida, no solo su vida, la vida en todas sus manifestaciones.

A quienes nos pronunciamos sobre esta crisis, el sistema nos llama eco-histéricos, y más insultos propios de la arrogancia que tiene la ambición de la ignorancia. Es la misma racionalidad perversa que hace de su persona un engranaje. En consecuencia, usted querida lectora o lector, quien siempre está sometida al estrés de las obligaciones que impone el estilo de vida, por favor replantee su futuro.