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La senda de la humanidad

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Desde que el mundo es mundo ha habido necesidad de crear normas y regulaciones para conducir el rumbo de la humanidad, y con ello intentar cuidar al ser humano de sí mismo, de ese impulso depredador, irresponsable y codicioso que lo ha enviciado y envenenado desde los inicios de la historia.

Para tal caso podemos tomar nota que la creación de normas en una sociedad tiene como propósito apaciguar los instintos extremadamente individualistas del ser, lo cual, a su vez, es consecuencia de la mala comprensión y el mal ejercicio del libre albedrío, en función de que la persona en su estado salvaje y en su ánimo de satisfacer necesidades, erróneamente prefiere privilegiar al extremo el interés personal por encima del interés general.

En ese sentido, la naturaleza del ser humano es realmente depredadora, e incluso ese instinto primitivo de satisfacerse a sí mismo sin considerar el entorno, constituye un síntoma de naciones precivilizadas, que están lejos de los países con un altísimo nivel de desarrollo humano, no relacionado al poder adquisitivo, sino desarrollo relacionado a la calidad humana del individuo, de su estado de conciencia en relación al mundo.

Dicho de otra manera, el estado precivilizado en el cual los países pobres se encuentran es muy natural en cuanto al camino previo que antecede para evolucionar hacia un individuo más consciente, lo cual nos llevaría a un futuro estado de bienestar general, que probablemente venga hasta dentro de cuatro generaciones. Dicho de otra manera, es necesario crear una conducta plena de espiritualidad en un contexto laico y no necesariamente religioso.

Finalmente, quizás nuestro enfoque esté confundido al pretender una sociedad sin mareros y sin delincuencia mediante la sola aplicación de leyes, dado que la asimilación de principios y valores se va dando por experiencia social de largo plazo, de generación en generación. Si no queremos delincuencia debemos enfocarnos en la creación de personas conscientes, empezando por nosotros mismos.