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Los dinosaurios cantan en el desierto de Ischigualasto

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Foto: Lucas Arce

En mis viajes por el continente americano, explorando la belleza de la tierra, hace algún tiempo escribí un verso que preguntaba, “¿cómo le explicas al paisaje que el viento también forma parte del horizonte?” En tal sentido, parece que la construcción poética cobra un acierto impresionante en el Desierto de Ischigualasto -provincia de San Juan- en el norte de la Argentina; porque las rocas están talladas de una forma espectacular y el viento susurra los secretos del tiempo.

El Desierto de Ischigualasto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el 29 de noviembre de 2000, por su belleza singular. Además, es una de las reservas paleontológicas más importantes del planeta, donde se puede explicar el período triásico en su conjunto.

Es decir, antiguos huesos de dinosaurios rumian su calma -en esa estepa de tonos areniscos- y cantan una parte del origen de la vida en la tierra; o -por aproximación metafórica- las palabras mágicas del maestro Augusto Monterroso, en uno de sus más famosos microrrelatos, expresan una sentencia absoluta: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, como una forma de concebir el tiempo dentro de la vida misma y la memoria de las rocas.

Hace algunos meses coincidí con el fotógrafo -argentino- Lucas Arce, quien me comentó de la particularidad de aquel exótico lugar. Observé el material fotográfico que tenía. Después de una breve plática, nos propusimos realizar un nuevo giro sobre las instantáneas de ese desierto, es decir, hacer astrofotografía con la singularidad de la rocas. Impelidos por la iniciativa, revisamos nuestras agendas, además estudiamos las fases de la luna y el clima. Todo se hacía perfecto para finales de octubre.

Pasaron los meses hasta que llegó la fecha. En consecuencia, realizamos las gestiones necesarias; primero -por cuestiones administrativas de orden burocrático- se nos negó el acceso; luego, con la insistencia propia de quien comprende el acierto del trabajo, las autoridades correspondientes -dirigidas por Director Silvio Atencio– accedieron y nos otorgaron el permiso especial. En esa correlación de hechos, el cielo nocturno del desierto nos relató parte de sus misterios.

Podemos inferir que para caminar -desde nuestra mirada- en un millón de estrellas debemos salir una noche de luna nueva y apreciar la Vía Láctea y respetar a los astros -en el tiempo de las rocas- debemos recorrer, entonces, la oscuridad en el desierto de Ischigualasto.

Al ver el movimiento del cosmos comprendo como gira el planeta y deduzco nuestro constante cambio, sobre todo, en esas rocas talladas por el calendario, que expresan -en sus texturas- las marcas de antiguos mares. ¿Cómo era la vida en el planeta hace millones de años? Te puedes cuestionar. No creo que tengamos las respuestas definitivas, pero hemos aprendido a observar y a realizar las preguntas adecuadas. En la actualidad podemos interpretar el significado las rocas para medir, entre otros, la edad de la tierra.

Hoy esos desiertos son la necesaria sed del planeta para conservar el equilibrio de la vida. Por eso sabemos que hay rocas que conversan con las estrellas, como las nubes sueñan con el agua de las estepas. El desierto de Ischigualasto, como otras zonas áridas del mundo, se aferra -de una manera particular- hasta el último estertor a la vida. Los desiertos son un paisaje que florece en las más adversas condiciones. Una vegetación espinosa y ciertas especies de animales sobreviven ante las inclemencias de un clima hostil para la vida humana.

La vida de las lagartijas, las culebras, los escorpiones y otros seres vivientes modelan la arena y en un conjunto armonioso -con las caprichosas formas de las rocas- expresan una perfección única. Todo contiene ese paisaje yermo. Para los Diaguitas, antigua civilización humana que habitó la región, nombraron al desierto como el “sitio en donde no existe la vida” o “lugar de la muerte”. Sin embargo,  nosotros -como civilización global- comprendemos la riqueza de esta geología. ¿La podremos cuidar? Una pregunta que, en la actualidad, parece no tener una respuesta positiva.

El sol -uno de los recursos más preciados del planeta- encuentra su máxima expresión en los desiertos; establece una belleza de extrema aridez que comulga, al final, con la vida misma. Entonces, te vuelves a preguntar, ¿cómo le explicas al paisaje que el viento forma parte del horizonte? La respuesta se hace evidente: lo talla, lo diseña para crear una peculiaridad espontánea en nuestro planeta.

Terminamos nuestro trabajo de astrofotografía a las 2 de la mañana, teníamos un cansancio enorme, porque habíamos recorrido -ese día- más de 450 kilómetros desde la ciudad de Mendoza. Sin embargo, al revisar el material de nuestras instantáneas en cámara, nos sentíamos satisfechos. Armamos a empujones el campamento, la temperatura había descendido, pero era tolerable.

Al despertar, con la claridad que impone la luz, observamos en apariencia ese caótico horizonte, porque delinea al azar las figuras de las rocas, que -al final- contiene la unidad de su equilibrio y nos explica que en otro tiempo fue un océano. El viento ruge a capela e insiste en conciliar el conjunto de nuestra vida -en el planeta- con las estrellas de nuestro universo. ar

Foto: Lucas Arce