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Meta de salida: disciplina I

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Hay gente, incluso pueblos y naciones enteras, que  nunca han podido manejar un concepto concreto de responsabilidad como para poderse gobernar por sí solos, asumiendo la carga de responsabilidades que implica la autosuficiencia necesaria para lograr la autonomía de recursos a todo nivel, lo cual se traduciría en libertad económica y eventualmente, hasta en libertad política. El que se gobierna solito tiene autocontrol y autonomía, no por casualidad, sino debido a su disciplina, capacidad de resistencia y previsión.

En tal sentido, la obtención del sustento por medios propios es parte  esencial de la libertad que la independencia nos brinda, ya que en tales casos se pueden tomar decisiones propias sin ataduras. Generalmente es menor la cantidad de personas y pueblos que son realmente libres, dado que el precio del autocontrol y  autonomía es enorme. El precio de la libertad es altísimo. La cosa intangible más cara en el mundo es la libertad verdadera, y el instrumento para lograrla es precisamente el autocontrol, lo cual encarna valores y principios cuya meta de salida es la disciplina, de modo que son muy escasas las personas que genuinamente  asumen el enorme precio de la libertad, ya que el camino es duro.

No hablo de libertad política, sino de la libertad verdadera del individuo para poder obrar por sí mismo y obtener el sustento por sí solo, y lograr por dicha vía la prosperidad, el bienestar material y la paz. Pero todo ello tiene un precio súper alto que no cualquiera asume en función de que ello requiere disciplina. La disciplina en todo caso es la madre de todas las virtudes, y es difícil de obtener para poder arribar al autocontrol y luego a la libertad. La libertad superficial es barata, precisamente porque constituye una frágil apariencia. Además, la libertad constituye una mancuerna inseparable con la disciplina que conlleva asumir la responsabilidad que implica ser verdaderamente libres. Libres para asumir roles y sus consecuencias; libres para tomar decisiones y soportar lo que ellas conllevan; y libres para disfrutar los beneficios de tales sacrificios sin dejarse consumir por la vanidad.

El concepto que políticamente se le acostumbra dar a la libertad es un concepto bien vacío, sin ninguna filosofía, muy superficial, ya que en verdad son poquísimas las personas y los países verdaderamente libres. Por lo tanto, es algo que muy pocos sujetos conocen a plenitud. En tal caso, no hablamos de la libertad como concepto político opuesto a la esclavitud física en los tiempos remotos de la humanidad. Hablamos de algo bien contemporáneo que parece casi invisible, ya que pocos lo viven a plenitud en la actualidad. Hablamos de la libertad que implica la capacidad personal de tomar decisiones individuales con total conocimiento de las causas y efectos que conlleva. En el diario vivir creemos que somos libres, pero en la gran mayoría de casos eso constituye una fantasía. Esa libertad verdadera se disfruta al momento de la toma de decisiones sin ataduras. Esa es la verdadera libertad, tanto de personas como de países, lo cual a la larga es tremendamente difícil de lograr pues hoy en día son más los países que sufren la opresión de otros, que los que disfrutan de la libre toma de decisiones.

Hay palabras sutiles que ayudan a suavizar formas abstractas de hacer o de sufrir la falta de libertad, disfrazada por términos delicados y elegantes que en el fondo implican la dominación de facto de unos por encima de otros. Es decir, implican la falta de libertad.

Por ejemplo, en nuestro medio, ello se puede ver fácilmente a nivel de clanes empresariales que suelen maniobrar en pro de la disuasión de funcionarios públicos, con el objeto de disminuir o incluso evitar la fiscalización de las instituciones normativas que los regulan. En tal sentido, ello no solo llega al margen de lo legal y lo ilegal, sino que nos impide la libertad en la misma medida en la que se adeuden favores en función de las relaciones de compadrazgo que se tejen. Esa relación de favores nos hace perder libertad, y por el otro lado, la gestión parcializada de las autoridades para con el poder del capital también los vuelve sumisos y les impide el ejercicio real del poder, el cual debería basar su hegemonía en la práctica de la legalidad para mantener la paz social y el equilibrio.

La libertad plena escasamente existe, en función de que esas relaciones de poder que nos pueden brindar  beneficios nos hacen renunciar a nuestra libertad personal, y nos obligan a hacer lo que los demás piden de nosotros.