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Segundo debate presidencial Clinton-Trump

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El segundo debate presidencial, dejo de serlo al darle paso a la tensión, acusaciones, diatribas, y descalificaciones, señalamientos y amenazas.  Incluso previo al acto, Trump convocó a una conferencia de prensa para dar una muestra del poder de la información que tenía y su línea de ataque. A modo de amedrentamiento, presentó a cuatro mujeres como parte de una serie orquestada de críticas a la honorabilidad de la pareja Clinton y disminuir así la tensión sobre el propio señalamiento.

Después de una tormentosa semana, sale a luz pública el primer distanciamiento de Trump con su vice Mike Pence, se conoce el abandono y rechazo a su candidatura de una oleada de miembros notables del Partido Republicano como senadores, miembros de la Cámara de Representantes, entre ellos su presidente Paul Ryan, John McCain y la ex secretaria de Estado, Condoleezza Rice, gobernadores, ex funcionarios, el clan Bush, etc.

Medios de gran tirada, le han negado su apoyo públicamente y corrió con fuerza la solicitud de su renuncia.  No obstante estas vicisitudes, Trump  acudió a la cita herido de muerte; con  una disculpa a medias sobre su comportamiento machista y soez,  para luego desatar una andanada de críticas que le permitieron oxigenarse y salir aceptablemente librado del debate,  defendiéndose con una cruel astucia con el ataque permanente.  Para él esto ya es una ganancia porque evitó que siguieran las deserciones en el partido. De paso, en alguna proporción, logró menoscabar la imagen de su oponente a través de los señalamientos a su esposo.

Para los efectos de generar dudas, Trump asestó otro golpe a Clinton, al amenazarla con mandarla a la cárcel por los correos electrónicos. Puso en relieve la gravedad del problema y logró su objetivo: impacto mediático. Tomó de las bases republicanas el corrillo de “enciérrenla” e hizo suya la retórica más agresiva del ataque; puso de su lado el odio republicano hacia la Sra. Clinton.

A la pregunta por qué Trump sobrevive, no siendo político, sin experiencia en la administración pública, no teniendo el dinero que dice tener, sin ser miembro del Partido Republicano y manifestando rechazo a sus dirigentes, sus propuestas son discordantes, propugna el discurso del miedo, no paga impuestos, es proclive al machismo y la altanería.   Una de las respuestas estaría en que su rival demócrata representa lo que el ciudadano de a pie dice odiar, el “establishment” (lo de siempre o más de lo mismo).

La Sra. Clinton ayuda al fortalecimiento de Trump, porque ella no logra captar la empatía del electorado, se le rechaza por lo que es y representa. De hecho, una presunción atrevida sería, si Mike Pence fuera el candidato presidencial, tendría más posibilidades de ganar que el propio Trump. En forma arriesgada diría: “A la Sra. Clinton le gana cualquiera, menos Trump.

Al finalizar esta contienda, habrá más perdedores que ganadores. Perdió el elector, porque asistió a dos debates donde la cultura y la decencia política brillaron por su ausencia El Partido Republicano tendrá que superar las heridas en su institucionalidad y esforzarse por volver a generar confianza en los segmentos más golpeados: latinos y mujeres.  En los demócratas, la imagen presidencial queda vulnerable, pudiera ser, que de ganar la Sra. Clinton, lo haga por solo un periodo y no dos, tal como se acostumbra con la reelección.

Al buscar entre líneas, el mensaje de Paul Ryan para no apoyar más la candidatura presidencial de Trump, denota que el esfuerzo del Partido Republicano pareciera ser procurar la continuidad de la mayoría en ambas cámaras, de perderlas junto a la presidencia, arrastraría una crisis interna sin precedentes. Dejar a su suerte a Donald Trump parece ser la solución. Este así lo ha entendido y, a pocas semanas de la elección, se distancia aun más del partido, según él “se quita los grilletes”. La fiesta, apenas empieza.