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Vanagloria

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La persona que verdaderamente se compromete con el cumplimiento de sus obligaciones lo hace por motivos de índole personal para su propio progreso, y el de su familia, y no por ufanarse de cosas que para la vida real del adulto responsable son absolutamente ordinarias, es decir, obligaciones del diario vivir que por muy ásperas que sean, son inherentes precisamente al rol que juega un adulto.

El adulto normal resuelve problemas que por muy difíciles que parezcan, forman parte precisamente de su adultez. Eso no tiene nada de asombroso. Que alguien cumpla sus obligaciones debiera ser una cosa absolutamente ordinaria.

Es absurdo ufanarse del cumplimiento rutinario de obligaciones que pudieran parecer de muy difícil consecución, dado que la vida en sí misma está hecha del verdadero trabajo arduo. La vida, tal cual la conocemos hoy, no es más que el resultado del sacrificio de líderes mundiales en el plano primordialmente político e industrial, cuyos logros anteriores incidieron en la vida actual de los demás.

Claro, todavía se buscan héroes que realmente levanten la cara por causas sociales intensamente sensibles, sobre todo si acaso se toma en cuenta que en Latinoamérica la distribución histórica de la riqueza inmobiliaria y agraria no se dio por mérito, sino en base a un sistema de antivalores, y por una sucesión de transferencias de privilegios entre los que controlaron los mecanismos irregulares para ello.

De esa profunda raíz viene la aplicación en las relaciones de trabajo de aquello que llamamos “la ley del mínimo esfuerzo”; y también viene a nivel de autoridades, la cultura del saqueo desenfrenado del patrimonio de la nación. Eso es vital tomarlo en cuenta.

A manera de metáfora, el origen, la semilla, tiene absolutamente todo que ver con quienes somos hoy, especialmente porque la verdadera tarea del diario vivir radica en transformar nuestro entorno, y que ello tenga incidencia en nuestro progreso, de modo que si acaso tomamos en cuenta el sistema prevaleciente de antivalores, resulta ridículo vanagloriarse del simple cumplimiento ordinario de obligaciones.

Por ello, resulta inaudito también ufanarse de insignificancias en torno a las cualidades personales, ya sea suyas o mías, tales como el supuesto nivel académico; el roce social; aspecto físico; las posesiones materiales o el apellido. Esas son ínfulas de grandeza que en las condiciones del país, nos hacen ver muy mal, ya que la vida es mucho más profunda que eso, y la insistencia intermitente de vanagloriarnos y ufanarnos de cualquier tontería nos hace irónicamente perder el estilo, y cuando ello se pierde, hasta dejamos tirada la dignidad.

No hay que confundir los roles, ya que el país necesita de más personas que luchen por cambiar su entorno, lo cual va más allá de la obtención de capitales morales o patrimoniales.